8 de septiembre de 2009
Smells like kids spirit
Recuerdo que mi mamá me bañaba todos los días al promediar las 7 de la noche en el baño de su habitación. Recuerdo con nostalgia el agua caliente de esas duchas. Me encantaba sentir el vapor del agua viajando en el aire, es algo que nunca olvidaré. Tenía un bote de plástico de madera que me gustaba llevar conmigo al momento de cada ducha. Nunca me bañaba sin él. Y según recuerdo, aún lo conservo dentro de todas las cosas que llamamos “recuerdos de la niñez”. Me bañaba con shampoo Johnson, y una vez terminada la ducha, me ponía el perfume de la misma marca. En un momento llegué a pensar que Johnson era la única marca de shampoo y perfume. Por otro lado, algo que nunca olvidaré es que cada vez que cumplía años, se cocinaba en casa lo que yo quería, y siempre era milanesa, así que, cada vez que era conciente de que crecía había un plato de milanesa servio en la mesa, por lo que es inevitable imaginar un cumpleaños sin esa comida. Aún hoy, cada vez que siento el recuerdo mi infancia, mis baños en agua caliente y el viejo bote marrón.
7 de septiembre de 2009
Lo peor que me ha pasado fuiste tú
Sí. Entre todos eres tú, mi querido profesor de matemáticas, a quien ya no tolero ver por un instante más en mi vida porque ahora sé quién eres en verdad y ya no puedes engañarme con tu capacidad. Pensaste que tu típica combinación seductora funcionaria para todos y serias el producto fascinador en potencia como suelen llamarte pero pude leer tu última fórmula antes que la aplicaras y me convirtiera en parte del conjunto infinito. Aproveché el único y minúsculo error imperceptible que cometiste, ofrecerte como ortocentro delante de todos. Solo tuve que esperar el tiempo y el momento indicado para desenmascararte en fracciones y cambiar el resultado final. No tomaste en cuenta que eres demasiado predecible cuando sientes que abarcas toda el área. Te elijo a ti, profesor de matemáticas, y te condecoro como el peor de todos los teoremas que existen, no sabes perder y al verte derrotado ahora quieres imaginar que nada ha pasado.
Y el premio a lo peor que me pasó, se lo lleva...
Es esa sensación de querer arrancarnos las cabezas a mordiscos (sin afán de canibalismo alguno) la que se me viene a la mente al pensar en nosotros como eso que alguna vez siempre quisimos, pero nunca nos atrevimos a ser. Podría decir que nos rendimos en el camino; o mejor dicho, el camino fue el que nos rindió, pero me siento más cómoda negándolo todo.
Porque no era nada fácil encontrarte dulce sin caer en esas cursilerías de tontos enamorados que con suerte dejaron de necesitarse a tiempo y con la conciencia aún intacta. Qué decir de esos cortos periodos de tregua que nos obsequiábamos, en donde hasta los corazones nos sudaban de tanto querernos y la vergüenza se iba a de vacaciones a disimularse un ratito.
Es paradójico sentir arcadas al recordar todo eso que sentía por ti y al mismo tiempo regresar a esas adolescentes cosquillitas en la panza que algunos dicen es el primer síntoma de esa enfermedad que prefiero no nombrar. Pero volviendo a lo que me invitó a escribirte, quiero que te quede claro que no es ningún afán de reclamo, ni de escarbar en esas heridas que alguna vez nos parecieron deliciosas. Es sencillo: no encuentro nada más perturbador que la imagen de nosotros siguiendo con el (hasta entonces) divertido ejercicio de herirnos de la manera más educadamente torpe posible. Y al pensar en el odio como eso que nos hace cada vez más humanos, me siento en la capacidad de reafirmar mi rencor hacia ti.
Aunque ahora, desvergonzadamente, me busques; no tiene sentido que sigamos con este infantil jueguito de asesinarnos de a poquitos. Porque ya tengo alguien a quien querer de verdad; y es simple: cuando el amor deja de ser palabra nos facilita ese saltito-en-un-pie que implica dejar la tierra y empezar a volar con el mejor aeroplano que encontramos en nuestra mesita de noche y que estos días me hace sonreír, tan descaradamente. No te preocupes, en lo que respecta a ti, inventé en mi cabeza una enfermedad que duraba sólo unos minutos para justificar el hecho de haber escrito esto para ti.
5 de septiembre de 2009
Olores de la infancia
El olor es inconfundible, chocolate, es lo único que me pone la mente en blanco. Las emociones que me produce hacen que el tiempo retroceda hasta la primera vez que supe de su existencia. El proceso era lento pero placentero, el olor entraba por la nariz, pero no era una entrada común y corriente, era la entrada de la salvación del día, se deslizaba lentamente hacia la garganta causando que la boca se haga agua y se sintiera como si no hubiera ingerido alimentos en días y cuando por fin no solo se quedaba en mi nariz sino que estaba próximo a tenerlo entre mis manos, llevarlo hacia la boca, darle la primera mordida y sentir su sabor tan delicioso era como hacer una pausa y tener la certeza que aún existen pequeñas cosas por las que valen la penan seguir viviendo.
EL olor que me recuerda....
Mi mamá bajó a almorzar y vi que llevaba puesto un saco de color plomo hecho de lana y me hizo recordar a una persona muy especial en mi vida, le pregunté a mi mamá si ese saco era de mi abuelita y me lo afirmó, de pronto me acerqué a mi mamá y olí el saco; en ese momento vinieron a mi tantos recuerdos, es verdad que los olores te hacen sentir las mismas emociones que sentiste antes, recordé a mi abuela, ella me crió desde que yo tenía dos meses de edad, la quería tanto, es más siento que la sigo queriendo, ella era tan especial, de chiquita me pegaba con el chicote, esos que se usaban antes, de tres puntas y hechos de una especie de paja, recuerdo que me contaba cuentos muy misteriosos, tipo leyendas, recuerdo que jugábamos a las muñecas y a la pelota, cuando estaba más viejita la veía caminar en el patio de mi casa y ella no se daba cuenta cuando yo la veía, era tan dulce, tan tierna, ese olor de abuelita que ella tenía me hacía recordar a mi propia vida junto a ella; y aunque hayan pasado los años ese olor en el saco se ha quedado impregnado y ni el jabón ni el detergente lo puede sacar.
Los olores y mi niñez
Particularmente, recuerdo un olor muy especial, muy épico, que evoca cálidas memorias de tranquilidad.
Pretendo referirme al olor del gel que me ponía mi tía (en el pecho) para los resfríos de invierno: cada vez que me aplicaba la loción, me tapaba, contaba un cuento - o fábula -, y, de ahí, me prendía la televisión para ver lo que yo quisiera. Era un show la aplicación de ese gel, ya que, primero, me sermoneaba dulcemente; luego, me acariciaba el cabello; por último, abría el frasco y todos reíamos.
El olor era agradable que ponía de mejor ánimo a cualquiera.
Después del ritual de la aplicación, me quedaba dormido tranquilamente, alegre.
Pretendo referirme al olor del gel que me ponía mi tía (en el pecho) para los resfríos de invierno: cada vez que me aplicaba la loción, me tapaba, contaba un cuento - o fábula -, y, de ahí, me prendía la televisión para ver lo que yo quisiera. Era un show la aplicación de ese gel, ya que, primero, me sermoneaba dulcemente; luego, me acariciaba el cabello; por último, abría el frasco y todos reíamos.
El olor era agradable que ponía de mejor ánimo a cualquiera.
Después del ritual de la aplicación, me quedaba dormido tranquilamente, alegre.
Lo peor que me ha pasado has sido tú
Gracias. Debido a tus constantes apoyos de opresión y dedicatorias caóticas, soy ahora un ser (más) inseguro que antes.
He podido desarrollar TICS nerviosos a causa de las angustias que tenía, por tratar de hacer algo bien, y no quedar - como tú decías - como un mediocre.
Mis manos tiemblan y se ponen más sudorosas cuando tengo que realizar cualquier acción, ya que los movimientos me recuerdan a los años que tuve que pasar junto a ti.
Se podría decir que hay algo rescatable en los años que transcurrieron (viéndote gritarme), pero no: supe desarrollar vergüenza de mi contextura y mi personalidad.
Sin embargo, me volví fuerte: tomé los elementos desastrosos y me reinventé: me siento mejor y puedo desenvolverme donde sea.
Y, es que sí, lo peor que me ha pasado has sido tú: tú con tu gran soberbia, con tu incapacidad de hacerme tenerte confianza y sentirme seguro cerca de ti.
He desarrollado incomodidad conmigo mismo y he tenido necesidad de modificar mi forma de ser para ajustarme a una realidad planteada por ti, en tus tiempos...
He anclado mis limitaciones físicas a un modo de sólo querer demostrar lo bueno que soy por dentro (porque aunque tú decías que yo era un inútil, me percaté que soy bueno) y desarrollar mis limitaciones para convertirlas en virtudes.
Espero que con todo lo dicho, te des cuenta que no has causado en mí más que un dolor decepcionante, que, poco a poco, surge en virtudes de mi cuerpo.
Tú eres lo peor que me ha pasado, profesor de Educación Física (Atilio Núñez).
He podido desarrollar TICS nerviosos a causa de las angustias que tenía, por tratar de hacer algo bien, y no quedar - como tú decías - como un mediocre.
Mis manos tiemblan y se ponen más sudorosas cuando tengo que realizar cualquier acción, ya que los movimientos me recuerdan a los años que tuve que pasar junto a ti.
Se podría decir que hay algo rescatable en los años que transcurrieron (viéndote gritarme), pero no: supe desarrollar vergüenza de mi contextura y mi personalidad.
Sin embargo, me volví fuerte: tomé los elementos desastrosos y me reinventé: me siento mejor y puedo desenvolverme donde sea.
Y, es que sí, lo peor que me ha pasado has sido tú: tú con tu gran soberbia, con tu incapacidad de hacerme tenerte confianza y sentirme seguro cerca de ti.
He desarrollado incomodidad conmigo mismo y he tenido necesidad de modificar mi forma de ser para ajustarme a una realidad planteada por ti, en tus tiempos...
He anclado mis limitaciones físicas a un modo de sólo querer demostrar lo bueno que soy por dentro (porque aunque tú decías que yo era un inútil, me percaté que soy bueno) y desarrollar mis limitaciones para convertirlas en virtudes.
Espero que con todo lo dicho, te des cuenta que no has causado en mí más que un dolor decepcionante, que, poco a poco, surge en virtudes de mi cuerpo.
Tú eres lo peor que me ha pasado, profesor de Educación Física (Atilio Núñez).
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