5 de septiembre de 2009

(olores)

Hospital. El hospital, como mal no imaginas huele a medicina, enfermedad y muerte. Y sé que debe ser raro que este lugar sea precisamente el que me evoca el olor favorito de me mi niñez; pero déjame que te cuente un poco porque me gusta y a ver si te quito la imagen de rara que tienes de mí en la cabeza.

Mi mamá ha trabajado en el hospital desde que soy pequeña y como entenderás, ella nunca quería dejarme sola, siempre quería estar conmigo por razones que toda madre debe tener y que todavía yo no-madre desconozco totalmente. Ella me llevaba a la guardería y me dejaba con los otros niños -hijos de mamas doctoras, enfermeras o trabajadoras del hospital-. Recuerdo que jugaba con ellos en el jardín que hicieron en el patio donde no había rayos de sol. Pero mi olor no estaba ahí. Aparecía cuando entrábamos corriendo al hospital porque yo quería dormir y mi mamá quería salir; entonces, obviamente, terminábamos saliendo tarde. Llegábamos al hospital y mi mamá entraba corriendo y yo terminando mi desayuno. Pero cuando pasábamos por la cafetería… ¡uy! cuando pasábamos por la cafetería.

El olor que salía de la cocina era indescriptible. No era tan dulce pero tampoco agrio. Era sabor a quaker con manzana y un toque de durazno. Sé que no suena muy rico (sobre todo la parte de quaker) pero créeme, es uno de los olores que más me gusta. Recuerdo exactamente que el olor sale de las dos grandes chimeneas en formas raras y que en cuanto aparecía esos días tan temprano, mi mamá dejaba de enojarme por lo tarde que salíamos. Si era afortunada, el olor llegaría a la guardaría y jugaría con nosotros.

Y si pues, a ti el hospital te recuerda a medicina y muertos, pero a mí me sabe a quaker con manzana y un toque de durazno.

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