4 de septiembre de 2009

Lo mejor y lo peor con olor

Lo mejor que me ha pasó, fuiste tú

Tengo el lápiz y el papel, tengo la noche y el amanecer, tengo miedos como oscuridad entre la luz... y el tiempo avanza. El camino que trazo dentro de este mapa de ilusión me lleva hasta ti. Espero el momento de estar junto a ti, te he pensado en tantas pieles y caras imaginarias que no puede creer que finalmente te encontré. Tengo tanto desde que estás en mí, desde que estás aquí, en este mundo hermoso y violento. Ahora por fin te tengo entre mis brazos, tú mi hermoso bebé, que no necesito de más. Lo más maravilloso que me ha pasado está aquí y ahora.




Lo peor que me pasó, fuiste tú.

No sé realmente cómo has podido hacer semejante bajeza. Te di mi confianza, te brinde mi apoyo y mi cariño, y tú me pagas así. Eres de lo peor, ¿cómo pudiste hacerlo? Estuve contigo en los peores momentos, te ayude a salir de problemas e inclusive me gané odios y rencores por tu culpa. Tú, que supuestamente eras una persona de confiar y que me repetías que jamás podrías hacerme daño, lo hiciste y de la peor manera, desgraciada, mujer barata, poca cosa, que nunca sabrás lo que es el verdadero amor porque lo único que recoges son las sobras de las demás. Jamás debiste salir de tu alcantarilla para venirte a disfrazar de persona y arruinar la vida de los demás; ve y mendiga amor como estás acostumbrada, total, no sirves para más. Pero he de admitir mi culpa y mi estupidez ciega; yo que te di mi cariño, y tú, que sigilosamente y sin reparos te estabas llevando lo que más quería. No puedes pretender pedirme disculpas ni mucho menos llamarme “amiga” nuevamente, por mí los dos se pueden ir al infierno.




Olores


Cada mes había un día especial. Generalmente eran los sábados en el cual mi tía llegaba a mi casa saludándonos y trayéndonos algunos regalitos. Todo podría ser perfecto: visitas, regalos, tías engreidoras y juguetes… si no fuera por el hediondo perfume que solía ponerse mi tía Ana Cecilia. ¿Cómo nos podía hacer eso? Pudo haber sido perfecto, pero no! Tenía que ponerse ese perfume/colonia lacrimógena del cual no podíamos escapar. Venía y nos daba un gran abrazo hasta asegurarse de apretar cada vértebra de nosotros, para luego pasar a cargarnos y pasearnos con ella y su zorrillo perfume por toda la casa. ¿Qué podíamos hacer? Éramos niños, tan inocentes tan indefensos, y sobre todo, con buen olfato. Sólo nos quedaba callar y no respirar; mis Barbies lo compensarán luego.

No hay comentarios:

Publicar un comentario