Primer día de clases. Cielo gris limeño y un poco de neblina cubre las bancas de generales letras. Pregunta: ¿Porqué no hay nadie?¿No se supone que es primer día? Un poco de cordialidad con aparecerte en clase no le hace daño a nadie, pero bueno, que podemos hacer.
Hablando de hacer, ¿qué voy a hacer? No sé cual es el salón, son las 8 a.m y ni un alma a quién preguntar.
Son 8:30 a.m. Ya pues, faltaré, no puedo entrar tarde. Se me acerca un chico con cara de-que-hago-acá a preguntarme lo mismo que me pregunté hace media hora: dónde miércoles está el salón. El lenguaje de cachimbos más perdidos que huevo en ceviche fue nuestras comunicación de inmediato. No necesitamos palabras, solo caminamos juntos como para consolarnos, en silencio claro.
Un giro de 180° que nos mando al panel de notas, nos devolvió a la tierra. No habíamos faltado a clase, no éramos mal educados ni irresponsables. Solo estúpidos. No hay prácticas la primera semana, pero claro, como la comunicación es telepática entre universitarios era obvio que debíamos saber, por eso nadie nos dijo nada.
Así termino y empezó todo. El chico y la chica desorientada siguieron con su comunicación cachimbesca y silenciosa. Se conocieron, salieron, bailaron y demás, hasta que…esa es la frase redundante en toda relación que involucre hombres. Nada malo, claro. Él se portaba mejor que nunca, hablador como nunca. Sin amor como nunca.
Cuando un hombre cambia, decía mi abuela, es porque otra mujer trae. Cierta y obviamente.
Dejaron de ser cachimbos, la comunicación silenciosa se volvió no comunicativa y ruidosa. Todo acabo con el cambio de ciclo, en un día paradójicamente soleado y feliz.
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