Despertaba feliz y animada, pues sabía que al salir a la escuela alguna de mis tías estaría esperándome con una sonrisa consentidora y un paquete lleno de galletas y panecillos, que haría que la larga espera para la hora del recreo se haga aún más insoportable, pues me embargaban las ganas de devorarlos.
Aún hoy rememoro el melifluo perfume que envolvía mi vida en aquellos días, y la nostalgia me invade cada vez que percibo el aroma entrañable de un pastel en el horno, que me remite a la calidez de mis queridas tías y a mi ya lejana infancia.
[Susan Inga]
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