A la edad de 8 años tenía la costumbre de salir con mi mamá y mi hermana todos los sábados a diversos lugares, desde hacer picnics en el parque Olivar, hasta ir a la punta a caminar por el malecón y almorzar ravioles. Pero por una temporada antes de ir a estos lugares teníamos que acompañar a mi mamá a recoger unos papeles en su trabajo.
Éste no era un lugar cualquiera, se encontraba muy alejado de los lugares que solíamos frecuentar. Mientras mi hermana y yo la esperábamos en el carro un olor particular penetraba las ventanas y se infiltraba en nuestras narices, un olor agrio que mareaba, que de tan sólo acordarme me produce nauseas, un olor que ahora me produce alegría, excitación y, en grandes cantidades, letargo. El olor de la cerveza.
Mi madre al trabajar en Baqus durante tantos años se hizo inmune ante dicho olor, pero para nosotros era el peor que pudiéramos imaginar. Ahora a mis cortos 23 años, al sostener un vaso de esa dorada bebida, me pregunto: ¿cómo es que dicho olor que alguna vez me causó tantas sensaciones de asco se ha convertido en uno de mis principales medicamentos en aquellas reuniones que llamamos terapias mis grandes amigos y yo?
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