De los recuerdos que tengo sobre mi infancia, los olores no son los primeros en llegar a mi mente, pero una excepción puede ser ese delicioso aroma que me hacía esperar con ansias los sábados.
Recuerdo que desde las 11 de la mañana, un olor invadía la sala donde estaba yo jugando con mi hermano, ese aroma era fuerte y hasta lo podía sentir salado, provenía de una mezcla de ingredientes que por separado no me gustaban: cebolla, ajo y pimienta, entre otros; el estilo arequipeño se notaba en la generosa cantidad de ají panca que se agregaba a ese sabroso aderezo cuya fragancia venía desde la vieja cocina. Éste era la base de uno de los platos más ricos que había probado en mi corta vida: el adobo de cerdo que preparaba mi abuela.
Cuando sentía venir ese olor como deseaba que ya fuera la 1 de la tarde, para poder disfrutar con toda mi familia, esa sazón inolvidable. Ciertamente, era la mejor comida.
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