Te encargaste de crear en mi mente imágenes de un mundo perfecto para lo dos y al jurarme amor eterno e incondicional apoyo, lograste que te aceptara como único compañero para toda la vida.
Los primeros meses, demasiada felicidad parecía irreal. Tus actitudes rara vez eran incorrectas y me mostraste tu afecto de mil formas, haciéndome creer que el sueño de conseguir el final de los cuentos de hadas podría convertirse en realidad. Sin embargo, pasó más de un año y tu trato se torno frío y distante. Tus prioridades cambiaron, dejándome al final de la lista y alabando como si fuera un dios, tu trabajo.
Intenté de alguna forma cambiar la situación, pues el ambiente se había vuelto hostil y las palabras pocas veces eran para demostrar afecto. La mayor parte del día era una sucesión de peleas sin sentido. Después, tus acciones se tornaron muy violentas, con fuertes golpes fuiste destruyendo lámparas, adornos, retratos y todo aquello que estaba en tu camino. Empecé a tener miedo de tus reacciones, tus gritos y quejas, mientras me acusabas de ser la causante de tus desgracias.
Hasta que sucedió aquella noche, cuyos hechos revotan en mi mente apenas pienso en ti. Al llegar a casa, prendí el televisor y me dirigía a la cocina, cuando de repente sentí unas manos que sujetaban fuertemente mi cuello, impidiendo mi respiración. En ese instante, mi primer instinto fue golpear al sujeto y luego de varios intentos, conseguí derrumbarlo. Mi sorpresa fue mayor al descubrir que el sujeto que había intentado ahorcarme fuiste tú, demostrando signos de haber bebido en cantidad.
El príncipe azul se convirtió en un monstruo y no quedó ni un rastro del hombre con quién había decidido compartir mi vida. Después de lo sucedido, el divorcio fue el primer paso, y recobrar mi autoestima y confianza con los demás, han sido tareas difíciles pero he sabido manejar la situación con ayuda de mis familiares.
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