Es esa sensación de querer arrancarnos las cabezas a mordiscos (sin afán de canibalismo alguno) la que se me viene a la mente al pensar en nosotros como eso que alguna vez siempre quisimos, pero nunca nos atrevimos a ser. Podría decir que nos rendimos en el camino; o mejor dicho, el camino fue el que nos rindió, pero me siento más cómoda negándolo todo.
Porque no era nada fácil encontrarte dulce sin caer en esas cursilerías de tontos enamorados que con suerte dejaron de necesitarse a tiempo y con la conciencia aún intacta. Qué decir de esos cortos periodos de tregua que nos obsequiábamos, en donde hasta los corazones nos sudaban de tanto querernos y la vergüenza se iba a de vacaciones a disimularse un ratito.
Es paradójico sentir arcadas al recordar todo eso que sentía por ti y al mismo tiempo regresar a esas adolescentes cosquillitas en la panza que algunos dicen es el primer síntoma de esa enfermedad que prefiero no nombrar. Pero volviendo a lo que me invitó a escribirte, quiero que te quede claro que no es ningún afán de reclamo, ni de escarbar en esas heridas que alguna vez nos parecieron deliciosas. Es sencillo: no encuentro nada más perturbador que la imagen de nosotros siguiendo con el (hasta entonces) divertido ejercicio de herirnos de la manera más educadamente torpe posible. Y al pensar en el odio como eso que nos hace cada vez más humanos, me siento en la capacidad de reafirmar mi rencor hacia ti.
Aunque ahora, desvergonzadamente, me busques; no tiene sentido que sigamos con este infantil jueguito de asesinarnos de a poquitos. Porque ya tengo alguien a quien querer de verdad; y es simple: cuando el amor deja de ser palabra nos facilita ese saltito-en-un-pie que implica dejar la tierra y empezar a volar con el mejor aeroplano que encontramos en nuestra mesita de noche y que estos días me hace sonreír, tan descaradamente. No te preocupes, en lo que respecta a ti, inventé en mi cabeza una enfermedad que duraba sólo unos minutos para justificar el hecho de haber escrito esto para ti.

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